El tribunal olía a madera vieja, cera y a la fría indiferencia de la ley. Me sentaron en el banquillo de los acusados, con el hombro todavía latiendo bajo la venda y el alma hecha jirones. Llevaba un traje gris que Garrick me había enviado esa mañana; un disfraz de arrepentimiento para una mujer que solo había cometido el pecado de amar a un monstruo.
Al otro lado de la sala, en la primera fila, estaban ellos.
Marcus Thorne lucía como un dios del Olimpo: impasible, elegante, con su mirada gris