El sonido de las esposas cerrándose sobre mis muñecas fue más doloroso que la bala en mi hombro. El metal estaba frío, una realidad cortante que me recordaba que, en este mundo de lobos, las ovejas siempre terminan en el matadero. Miré a Marcus, esperando que rugiera, que detuviera a los oficiales, que gritara que yo era su esposa. Pero él se quedó inmóvil, con la mirada fija en la mujer del abrigo de piel blanca.
La verdadera Isabella Rossi sonreía. No era una sonrisa de alegría, era una mueca