El estruendo de los aplausos tras la firma de la fusión sonaba en mis oídos como una avalancha de cristales rotos. Las cámaras me cegaban, sus destellos grababan en mi retina la imagen de mi propia traición. Había firmado. Ahora, legalmente, era Isabella Rossi-Thorne. Una mentira sellada con tinta de oro y diamantes de sangre. Marcus me sujetaba por la cintura con una fuerza que ya no era solo posesiva, sino protectora, una advertencia silenciosa para cualquiera que se atreviera a cuestionar la