El silencio de la limusina de regreso a la mansión era tan pesado como el diamante que ahora brillaba en mi dedo anular. Marcus miraba por la ventana, su perfil recortado por las luces de la ciudad que dejábamos atrás. No decía nada, pero la energía que emanaba de él era eléctrica, una mezcla de triunfo y una melancolía que me oprimía el pecho. Habíamos ganado. La fusión era un hecho. Enzo era un fantasma. Y yo... yo ya no sabía quién era.
Al llegar a "La Esmeralda", los criados nos recibieron