El espejo no mentía, pero la mujer que me devolvía la mirada sí lo hacía. Para la gran gala de la fusión, Marcus había seleccionado un vestido de seda negra tan oscuro que parecía absorber la luz de la habitación. Tenía un escote vertiginoso en la espalda y una abertura en la pierna que gritaba peligro. Mis labios eran de un rojo casi negro, y las joyas de la familia Thorne —diamantes que se sentían como trozos de hielo contra mi garganta— sellaban mi transformación.
—Estás perfecta, Isabella —