El despacho de Marcus Thorne no era una habitación; era una declaración de guerra. Las paredes estaban revestidas de madera de nogal oscuro que parecía absorber la poca luz que se filtraba por los ventanales reforzados. El aire olía a papel antiguo, a tabaco de importación y a ese perfume gélido que Marcus exhalaba: una mezcla de éxito y peligro. Me sentía pequeña, casi insignificante, mientras él cerraba la puerta tras de nosotros con un clic metálico que resonó en mi pecho como una sentencia.