La mañana avanzaba con una cadencia engañosamente tranquila dentro de la empresa López. Desde el ventanal del piso alto, la ciudad se extendía como un tablero ordenado: autos avanzando en filas, personas entrando y saliendo de edificios, una rutina que parecía funcionar con la precisión de un reloj. Bianca, sentada tras su escritorio, observaba ese paisaje mientras sostenía una taza de café que ya se había enfriado sin que ella lo notara.
Había regresado a su ritmo habitual con una facilidad que sorprendía a muchos. Sonreía, saludaba, caminaba con paso firme por los pasillos, pero por dentro algo no terminaba de asentarse. No era angustia ni miedo, era más bien una alerta silenciosa, como si su intuición —esa que tantas veces le había salvado de errores costosos— estuviera intentando decirle algo.
Un suave golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Adelante —dijo, dejando la taza a un lado.
La puerta se abrió y apareció Laura, su secretaria, con una carpeta gruesa entre las mano