El edificio López se alzaba como siempre, imponente, elegante, lleno de ese aire de poder que había acompañado a la familia durante generaciones. Pero ese día, para Bianca, todo se sentía distinto. Más frío. Más pesado. Como si los pasillos hubieran absorbido demasiados secretos a lo largo de los años y ahora se los devolvieran en forma de sospecha.
Bianca permanecía sentada detrás de su escritorio, con la carpeta de finanzas abierta frente a ella. No la tocaba. No hacía falta. Ya había leído esos números tantas veces que podía verlos aun con los ojos cerrados.
Las ganancias habían disminuido.
Las inversiones funcionaban.
Los proyectos avanzaban.
La colaboración con la empresa del Valle había sido impecable.
Nada cuadraba.
Y cuando algo no cuadraba, Bianca ya no miraba hacia afuera. Miraba hacia adentro.
Recordó las veces en que, siendo más joven, había confiado ciegamente. Recordó cómo su madre siempre decía que el verdadero peligro no venía de los extraños, sino de quienes se sentía