La mañana amaneció con una calma extraña, de esas que no anuncian tormenta pero tampoco prometen paz duradera.
La luz del sol se filtraba suavemente por las cortinas de la habitación principal de la mansión López, dibujando líneas doradas sobre las paredes claras. Bianca aún estaba despierta, apoyada sobre un codo, observando a Luciano dormir. Su respiración era profunda, más serena de lo que había sido en muchas noches anteriores. Contarle lo que sospechaba, abrir ese capítulo doloroso del pasado, había tenido un efecto inesperado en él: por primera vez en días, había podido descansar sin sobresaltos.
Luciano abrió los ojos lentamente, como si regresara de un lugar lejano. Durante unos segundos no supo dónde estaba, hasta que la presencia de Bianca a su lado lo ancló a la realidad. La miró, y en sus ojos no había miedo ni desconfianza, solo una calma comprensiva que le aflojó algo en el pecho.
—Dormiste mejor —dijo ella en voz baja, casi como una afirmación.
—Mucho mejor —respondió é