La casa estaba en silencio, un silencio distinto al de otras noches. No era solo calma, era expectativa. Bianca lo sentía en la piel desde que Luciano se había levantado de la cama y había caminado por la habitación como un león enjaulado, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en algún punto que ella no podía ver.
Ella lo observó durante varios minutos sin decir nada, esperando que él hablara por iniciativa propia. Pero Luciano no lo hizo. Solo suspiraba, una y otra vez, como si el