La casa estaba en silencio, un silencio distinto al de otras noches. No era solo calma, era expectativa. Bianca lo sentía en la piel desde que Luciano se había levantado de la cama y había caminado por la habitación como un león enjaulado, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en algún punto que ella no podía ver.
Ella lo observó durante varios minutos sin decir nada, esperando que él hablara por iniciativa propia. Pero Luciano no lo hizo. Solo suspiraba, una y otra vez, como si el aire en sus pulmones pesara demasiado.
Bianca se incorporó lentamente y apoyó la espalda contra el espaldar de la cama.
—Luciano… —dijo por fin, con voz suave pero firme—. No más. Algo te pasa y no quieres decirme.
Él se detuvo en seco, sin girarse hacia ella.
—No es eso…
—Sí lo es —lo interrumpió—. Y sé que no es trabajo. Te conozco demasiado bien. —hizo una pausa, tragando saliva—. Dijiste que no habría nuevamente secretos entre nosotros.
Luciano cerró los ojos. Esa frase lo golpeó más fuerte