Luciano salió de la mansión López cuando el cielo apenas comenzaba a aclarar. No dejó nota. No despertó a Bianca. Solo tomó las llaves, el abrigo y se marchó con un nudo apretándole el pecho, como si algo invisible lo estuviera empujando hacia atrás, obligándolo a mirar donde llevaba años negándose a hacerlo.
No fue a la empresa.
Condujo en silencio, por calles que conocía demasiado bien, dejando que la ciudad despertara a su alrededor mientras él se hundía, cada kilómetro más, en recuerdos que jamás había querido desempacar. El trayecto hasta la mansión del Valle se le hizo eterno, no porque fuera largo, sino porque cada esquina parecía traerle una imagen, una voz, una risa pequeña que lo golpeaba directo en el corazón.
Mateo.
Siempre Mateo.
Recordó las mañanas en aquella casa, cuando el niño aún era más pequeño, cuando la mansión del Valle no era sinónimo de éxito ni de poder, sino de silencio. De cenas a deshoras. De juguetes abandonados en la sala. De cuentos leídos con la voz can