El despacho de Luciano estaba en penumbra cuando Elías regresó. Afuera, el cielo gris anunciaba una tarde pesada, como si incluso el clima presintiera que las respuestas no traerían alivio. Luciano no levantó la vista de inmediato. Tenía los codos apoyados en el escritorio y las manos entrelazadas, sosteniendo su propio peso, como si temiera que al soltarse todo se viniera abajo.
—Señor… —dijo Elías con voz grave—. Ya tengo el informe completo.
Luciano alzó lentamente la cabeza. Sus ojos estaban cansados, pero atentos, fijos en el rostro de su mano derecha.
—Habla —ordenó, sin rodeos.
Elías avanzó dos pasos y dejó una carpeta gruesa sobre el escritorio. No la abrió enseguida. Parecía medir cada palabra antes de pronunciarla.
—Revisé todo de nuevo. Reportes policiales, peritajes, registros del hospital, declaraciones de los primeros respondientes… —hizo una pausa—. La investigación arroja exactamente la misma conclusión que hace siete años. Gabriela murió en el accidente automovilístic