El despacho de Luciano estaba en penumbra cuando Elías regresó. Afuera, el cielo gris anunciaba una tarde pesada, como si incluso el clima presintiera que las respuestas no traerían alivio. Luciano no levantó la vista de inmediato. Tenía los codos apoyados en el escritorio y las manos entrelazadas, sosteniendo su propio peso, como si temiera que al soltarse todo se viniera abajo.
—Señor… —dijo Elías con voz grave—. Ya tengo el informe completo.
Luciano alzó lentamente la cabeza. Sus ojos estaba