El miércoles había llegado con su rutina habitual, pero para Bianca, todo se sentía distinto. Después de días de llanto, pesadillas y momentos de introspección, había decidido que era momento de retomar un poco de normalidad. No podía dejar que el dolor y la confusión la paralizaran, y sobre todo, sentía una necesidad urgente de ver a su hijo. Mateo, su pequeño y travieso Mateo, quien a pesar de todo, seguía siendo el centro de su vida.
Eran las dos de la tarde, y el sol caía en un ángulo cálid