La casa estaba demasiado silenciosa para la cantidad de emociones que cargaba. La tensión se respiraba como un humo espeso. Bianca había salido sin mirar atrás. Y desde que la puerta se cerró, Mateo no había dejado de temblar.
Luciano lo llevó a su habitación con pasos lentos, como si el aire le pesara. Mateo se sentó en la cama sin llorar de inmediato, con los ojos llenos, pero conteniéndose como podía.
– Papá… –murmuró con la voz entrecortada–. ¿Ya Bianca no nos quiere?
La pregunta le cayó a Luciano como un golpe directo al pecho. Se sentó a su lado y lo abrazó por los hombros.
– No es eso, hijo. Ella sí nos quiere. Mucho. –Tragó duro–. Solo está enojada porque yo cometí un error.
Mateo lo miró confundido, con ese gesto serio que se le marcaba cuando trataba de entender el mundo de los adultos.
– ¿Fue por decirle… quién eras de verdad?
Luciano asintió sin poder sostenerle la mirada.
– Sí. Le oculté muchas cosas. Y ahora ella se siente traicionada.
Mateo frunció el ceño, respiró hond