La casa estaba demasiado silenciosa para la cantidad de emociones que cargaba. La tensión se respiraba como un humo espeso. Bianca había salido sin mirar atrás. Y desde que la puerta se cerró, Mateo no había dejado de temblar.
Luciano lo llevó a su habitación con pasos lentos, como si el aire le pesara. Mateo se sentó en la cama sin llorar de inmediato, con los ojos llenos, pero conteniéndose como podía.
– Papá… –murmuró con la voz entrecortada–. ¿Ya Bianca no nos quiere?
La pregunta le cayó a