El fin de semana llegó cargado de un aire diferente. Había pasado ya el episodio de celos, la tensión, el dolor y también la reconciliación. Aquel sábado amanecía con una ligereza especial, como si la casa despertara con una sonrisa.
Bianca abrió los ojos lentamente, sintiendo un brazo cálido envolviendo su cintura. Luciano dormía profundamente a su lado, respirando pausado, como si por fin su mente hubiera encontrado descanso después de días difíciles. Ella lo observó durante unos segundos, recordando todo lo que habían pasado… y cómo, aun sin quererlo, su corazón se aceleraba cada vez que él estaba así, tan cerquita, tan suyo.
Pero no tuvo mucho tiempo para contemplarlo, porque en el pasillo resonó una voz chiquita, firme y con autoridad:
—¿Mamá? ¿Papá? ¿Ustedes ya se despertaron? —preguntó Mateo mientras golpeaba suavemente la puerta.
Luciano abrió los ojos al instante, sonriendo.
—Ese niño no necesita alarma. Trae su propia hora programada.
—Shh —rió Bianca—. No digas eso, que te