La luz de la mañana entraba por las ventanas del comedor con un tono cálido y dorado, iluminando el aroma del jugo de naranja recién exprimido que Bianca preparaba en la cocina. Era una escena cotidiana, sencilla, pero llena de un brillo que hacía mucho no se veía en esa casa. Sus manos se movían con suavidad, concentradas, pero su sonrisa leve la delataba: estaba tranquila. Estaba… feliz.
Los primeros pasos pequeños y apresurados anunciaron la llegada del pequeño caos lleno de energía que era Mateo. Bajó los escalones casi brincando, todavía con su pijama azul con estampados de rayos. Se sobaba un ojo, despeinado, medio dormido pero alerta como siempre ante cualquier cosa fuera de lo común.
Y lo que vio le hizo detenerse de golpe en la mitad de la escalera.
Bianca, su mamá, estaba preparada un jugo. Ella. No la licuadora automática programada. No la empleada. Su mamá estaba allí, moviendo la jarra con una sonrisa suave.
Mateo abrió la boca exageradamente y se agarró de la baranda.
—¿