Luciano no pudo dormir. Dio vueltas una y otra vez sobre la cama mientras Bianca permanecía rígida a su lado, completamente de espaldas, como si aquel espacio entre ambos fuera un océano imposible de cruzar. Él tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escaparse.
Tenía la mente en llamas.
La camisa.
El labial.
La prenda interior.
Nada tenía sentido. Él sabía lo que había hecho y lo que no durante ese viaje. Sabía que no había tocado a nadie, que no había tenido tiempo para tonterías, que estuvo metido en reuniones, papeles, pendientes, el cansancio obligándolo a dormir apenas unas horas.
Entonces, ¿quién lo hizo?
¿Quién sería capaz de meter algo así en su maleta?
La respuesta no tardó en cruzarle la mente como un relámpago oscuro: Natalia.
La recordaba clarito, esa insistencia incómoda en su mirada, las sonrisas coquetas que él esquivaba con respeto, el modo en que se pegó demasiado durante la reunión con el señor del Valle. Sí, h