La mañana avanzó lenta, pesada, como si el reloj hubiera decidido conspirar contra Bianca. Llegó a la oficina con un nudo en el estómago y con los pensamientos golpeándole la cabeza sin tregua. Apenas había dormido y lo poco que durmió fue con el corazón fruncido y los ojos húmedos, abrazando a Mateo mientras intentaba convencerse de que al día siguiente todo sería diferente. Pero no lo fue.
En cuanto se sentó en su silla de cuero, el escritorio frente a ella se le hizo demasiado grande, demasiado frío. Francisca la observaba desde el otro extremo de la oficina, dándose aires de superioridad, creyéndose dueña del ambiente como siempre. Pero Bianca hizo el esfuerzo de ignorarla. Necesitaba trabajar, concentrarse, olvidar por unos minutos la imagen de la prenda íntima tirada entre la ropa de viaje, y aquella camisa marcada con un labial que no era el suyo.
Tomó el primer documento de la pila.
Lo leyó.
Volvió a leerlo.
Y aun así su mente no procesó nada.
Cuando intentó firmarlo, la firma