La mañana avanzó lenta, pesada, como si el reloj hubiera decidido conspirar contra Bianca. Llegó a la oficina con un nudo en el estómago y con los pensamientos golpeándole la cabeza sin tregua. Apenas había dormido y lo poco que durmió fue con el corazón fruncido y los ojos húmedos, abrazando a Mateo mientras intentaba convencerse de que al día siguiente todo sería diferente. Pero no lo fue.
En cuanto se sentó en su silla de cuero, el escritorio frente a ella se le hizo demasiado grande, demasi