El silencio en el salón se volvió tan espeso que casi podía tocarse. Todos los invitados, vestidos con sus mejores galas, se quedaron inmóviles, con las copas detenidas a medio camino y los ojos fijos en Bianca, como si acabara de pronunciar un hechizo.
Patricia fue la primera en reaccionar. Su piel se puso roja hasta las orejas.
—¿Qué estás diciendo, Bianca? —explotó con una risa falsa y nerviosa—. ¡Estás mintiendo! ¿En qué momento te casaste? ¿Cómo no nos dimos cuenta de eso?
Francisca, a su