El silencio en el salón se volvió tan espeso que casi podía tocarse. Todos los invitados, vestidos con sus mejores galas, se quedaron inmóviles, con las copas detenidas a medio camino y los ojos fijos en Bianca, como si acabara de pronunciar un hechizo.
Patricia fue la primera en reaccionar. Su piel se puso roja hasta las orejas.
—¿Qué estás diciendo, Bianca? —explotó con una risa falsa y nerviosa—. ¡Estás mintiendo! ¿En qué momento te casaste? ¿Cómo no nos dimos cuenta de eso?
Francisca, a su lado, apretó la mandíbula hasta que le temblaron los pómulos.
—Sí, ¿en qué momento? —escupió con furia contenida—. Si te hemos tenido vigilada todos los días. Sabemos cuándo te despertabas, cuándo comías, cuándo entrabas al baño. No puedes casarte sin que lo sepamos.
Bianca respiró hondo. Por dentro temblaba de adrenalina, pero por fuera estaba firme, erguida, elegante en su vestido plata que brillaba bajo las luces.
—Imposible que no lo supieran —les respondió con una calma peligrosa—. Si me vi