El sonido del reloj de la oficina resonaba demasiado fuerte para los nervios de Luciano. Ya había terminado todos los pendientes del día, revisado informes, leído correos y firmado documentos, pero aun así seguía mirando la hora cada tres minutos. Bianca llevaba días trabajando sin descanso en la empresa de su mamá, tratando de poner orden entre los empleados, establecer nuevas rutinas y demostrarle a todos que ella tenía la capacidad de dirigir. Y él… él solo quería facilitarle la vida un poco. Aunque fuera algo pequeño. Aunque fuera algo tan simple como una comida.
—Ya está bien —murmuró, cerrando la portátil—. Me largo de aquí.
Llamó a su chofer.
—Ramiro, necesito que vaya a la lista que le envié. Compra todo eso y tráigalo a casa. Sin falta. No olvide nada, ¿sí?
—Claro, señor Luciano —respondió el hombre al otro lado del teléfono.
Luciano sonrió. Perfecto. Todo iba saliendo según lo planeado. Se imaginó por un instante la expresión de Bianca al ver la sorpresa… y el estómago se le