Las dos horas habían pasado como una eternidad para Bianca. Sentada en esa cocina, escuchando las conversaciones vacías de Francisca y Patricia, sonriendo cuando no quería sonreír, asintiendo cuando quería negar. Cada minuto era una prueba de resistencia, un desafío a su cordura.
Pero finalmente, el teléfono vibró en su bolsillo. El nombre de Luciano iluminó la pantalla.
—Disculpen —dijo, levantándose con una calma que no sentía—. Voy al baño.
Subió las escaleras con paso firme, sin correr, sin