La madrugada envolvía la mansión de Los Olivos en un silencio profundo, solo roto por el leve crujir de las ramas de los árboles mecidas por el viento. Eran las tres de la mañana, la hora en que los sueños son más profundos y las conciencias más tranquilas. La hora perfecta para una fuga.
Bianca había permanecido despierta toda la noche, el corazón latiéndole con fuerza, los oídos atentos a cualquier sonido. Había preparado una pequeña mochila con lo indispensable: documentos, algo de ropa, el