La tarde en la mansión de Los Olivos era una cárcel de silencio y mentiras. Bianca estaba en su habitación, mirando el teléfono como si fuera un salvavidas en medio del océano. Los minutos se arrastraban lentos, pesados, cada uno una eternidad. Había escuchado a Francisca y Patricia moverse por la casa, hablar en la cocina, reírse de algo que no pudo entender. Las risas de sus verdugos. Las mujeres que querían su dinero, su vida, su todo.
No podía más.
Tomó el teléfono y marcó el número de Luci