El teléfono de Elías sonó en el silencio de la madrugada. Eran las tres de la mañana, la hora en que los secretos suelen desnudarse, cuando las defensas están bajas y la verdad emerge de las sombras. Elías llevaba días durmiendo mal, con un ojo siempre abierto, vigilando desde la distancia el apartamento donde su primo se reunía con el misterioso cómplice.
Se incorporó en el asiento del coche, frotándose los ojos cansados, y contestó:
—Dime.
—Jefe —la voz del agente al otro lado de la línea tem