La noche anterior al regreso de Bianca era una calma tensa que presagiaba tormenta. Luciano cenó con Mateo, escuchando con la mitad de su atención los entusiastas relatos del niño sobre su tiranosaurio de arcilla. Gabriela, sentada en el extremo opuesto de la mesa, era un espectro de discreción. Vestía un jersey holgado, su cabello recogido. Solo sus ojos, que levantaba de vez en cuando hacia Luciano, tenían una intensidad que contrastaba con su apariencia apagada.
—¿Quieres más vino, Luciano?