La mansión López se convirtió, por unas horas, en un escenario de caos contenido. El desmayo de Gabriela, tan teatral como efectivo, logró su propósito inmediato: sembrar el pánico en Mateo y obligar a Luciano a actuar públicamente como el protector, no el inquisidor.
El doctor Ferrán, el médico de cabecera de la familia, acudió con la serenidad profesional del que está acostumbrado a las peculiaridades de los ricos. Tras un examen en la habitación de Gabriela, salió al pasillo donde Luciano es