La venganza de Luciano. La frase resonó en su mente con una claridad dolorosa. Él se había ido a trabajar. Un sábado. El día de la familia. Aquella tradición sagrada, inquebrantable, que Luciano del Valle había instituido desde el primer mes de su matrimonio. «Los sábados son para nosotros», había decretado él, el hombre que trabajaba 80 horas a la semana, con una ferocidad que la había asombrado al principio. «Nada del mundo entra aquí. Ni teléfonos, ni correos, ni reuniones. Solo nosotros.» E