El crepúsculo pintaba el cielo de la ciudad con franjas de púrpura y naranja cuando Bianca, tras horas de deambular por la mansión como un alma en pena, tomó una decisión. Ya no podía soportar el silencio, ni el eco de su propia desesperación rebotando en las paredes de mármol. Necesitaba un puerto seguro, un lugar donde no tuviera que fingir fortaleza o comprensión. Necesitaba a Carla.
Sin siquiera cambiarse de la ropa informal de lino que llevaba puesta, agarró las llaves de uno de los coches