El trayecto en el lujoso SUV conducido por el chofer de la familia fue un breve interludio de quietud forzada. Mateo miraba por la ventana, impaciente, sus pequeñas piernas balanceándose con energía contenida. Gabriela, sentada a su lado, mantenía una sonrisa suave fija en su rostro, pero sus ojos, detrás de las gafas de sol discretas, escudriñaban el mundo que pasaba con la frialdad de un cartógrafo.
«Esto es una inversión», pensó, mientras el vehículo se deslizaba por las calles arboladas del