La mansión López estaba distinta esa tarde. No era algo visible a simple vista, no había cambiado la decoración ni el orden perfecto que siempre la caracterizaba, pero el aire… el aire estaba cargado de una tensión silenciosa, como si las paredes mismas presintieran que alguien ajeno estaba a punto de cruzar la puerta principal.
Todo estaba listo.
Luciano había supervisado cada detalle desde temprano. No por desconfianza abierta —al menos no ante los demás—, sino porque así era él cuando algo importante estaba en juego. Caminó por los pasillos amplios, verificó que la habitación destinada a Gabriela estuviera impecable, sobria, cómoda, exactamente como Bianca la habría querido: tonos claros, flores frescas junto a la ventana, sábanas nuevas, una lámpara cálida que daba una sensación de refugio.
Lo que nadie más sabía —salvo Elías— era que detrás de esa apariencia tranquila, el cuarto estaba siendo observado desde cada ángulo posible.
Cámaras discretas. Invisibles. Silenciosas.
Luciano