El hospital olía a desinfectante y a preocupación contenida.
Bianca caminaba por el pasillo con Mateo de la mano, sintiendo cómo esos deditos pequeños se aferraban a los suyos con una fuerza que no correspondía a un niño que aún debía estar jugando y no enfrentando agujas, exámenes y diagnósticos inciertos. Él no decía nada, pero su silencio hablaba más que cualquier queja.
—Tranquilo, mi amor —le susurró, inclinándose un poco para quedar a su altura—. Es solo un control, ¿sí? El doctor solo qu