El hospital olía a desinfectante y a preocupación contenida.
Bianca caminaba por el pasillo con Mateo de la mano, sintiendo cómo esos deditos pequeños se aferraban a los suyos con una fuerza que no correspondía a un niño que aún debía estar jugando y no enfrentando agujas, exámenes y diagnósticos inciertos. Él no decía nada, pero su silencio hablaba más que cualquier queja.
—Tranquilo, mi amor —le susurró, inclinándose un poco para quedar a su altura—. Es solo un control, ¿sí? El doctor solo quiere ver cómo vas.
Mateo asintió despacio, sin mirarla del todo.
Luciano caminaba al otro lado, serio, con el ceño fruncido y el celular apagado en el bolsillo. Había cancelado todas sus reuniones. Nada era más importante que ese momento. Cada vez que entraban a ese hospital sentía que algo dentro de él se rompía un poco más, como si la vida le recordara que no podía controlarlo todo.
Los hicieron pasar a una sala blanca, demasiado blanca, donde el sonido del monitor cardíaco de otro paciente se