Un año y medio después.
El avión de Lucía aterrizó en el aeropuerto a las once de la mañana de un luminoso día de junio. Tenía 26 años, un título de máster en Psicología Clínica y una maleta llena de libros y sueños.
Cuando bajó del autobús en la plaza del pueblo, lo primero que hizo fue quedarse parada varios minutos mirando hacia la biblioteca. Desde lejos se veía diferente. Habían pintado la fachada de un blanco más cálido y el nuevo Jardín de Johanna se veía hermoso desde la calle, lleno de