Las dos Valerias

La mañana siguiente llegó gris y pesada. La lluvia de la noche anterior había dejado el pueblo húmedo y silencioso, como si también él estuviera conteniendo la respiración.

Lucía apenas había dormido. Las palabras que había escuchado —“Valeria… no era el único nombre prohibido”— se repetían en su cabeza como un eco que no quería apagarse. Se levantó antes del amanecer, se duchó con agua casi fría para espabilarse y bajó a la cocina. Su madre, Valeria, ya estaba allí preparando café.

—Te escuché
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