La lluvia caía con fuerza esa noche sobre el techo de la biblioteca Valeria Solís.
Lucía Rivera, con apenas 24 años, estaba sentada en el viejo sillón de su bisabuelo Mateo, mirando fijamente las tres fotografías del Rincón de los Tres. Tenía los ojos enrojecidos, pero ya no lloraba. Ahora solo quedaba un vacío profundo en su pecho.
El relicario que colgaba de su cuello estaba completamente opaco. La piedra plateada que durante años había brillado con vida propia, ahora parecía un pedazo de met