La primavera llegó con fuerza ese año.
La biblioteca Valeria Solís lucía más hermosa que nunca. Los rosales blancos del jardín lateral estaban en plena floración y el aroma se sentía incluso desde la calle. Dentro, el sol de la tarde entraba por las ventanas recién limpiadas, iluminando los pasillos llenos de libros.
Johanna Rivera, de 28 años, estaba detrás del mostrador principal organizando los últimos detalles para el cambio oficial de dirección. Su madre, Valeria, había decidido que ese se