Johanna Rivera inauguró “El Círculo de Valeria” una noche de viernes de principios de verano.
Solo invitó a ocho mujeres. Ninguna era escritora profesional ni tenía relación con la biblioteca. Eran mujeres comunes del pueblo: una maestra recién divorciada, una joven que había perdido a su madre, una enfermera que cargaba con el duelo de su hijo, una anciana que nunca había podido estudiar, y otras que simplemente cargaban silencios demasiado pesados.
Se reunieron en el segundo piso, en un espac