El reloj de la biblioteca marcaba las 3:17 de la madrugada cuando Lucía abrió los ojos.
No había dormido. Solo había permanecido en un estado de semiinconsciencia, con la marca negra palpitando como un segundo corazón en su cuerpo. Ahora cubría casi todo el lado izquierdo de su torso, subía por el cuello y comenzaba a invadir la mejilla. Cada vez que respiraba, sentía cómo Victoria se movía dentro de ella, como un parásito que se acomodaba en su carne.
Se levantó del sillón donde había pasado l