Valeria abrió los ojos en su apartamento. Eran las seis de la mañana. El sol apenas salía. Tenía el cuerpo adolorido, como si hubiera corrido una maratón, y las marcas plateadas le ardían bajo la ropa.
Se miró al espejo. Las líneas ahora bajaban hasta su vientre, formando un dibujo hermoso y peligroso que solo ella y Kael podían ver.
Se duchó con agua fría, pero el ardor no desapareció. Cada gota que caía sobre las marcas le recordaba las manos de Kael.
Cuando llegó a la biblioteca, Doña Rosa l