Valeria despertó en su propia cama, pero sabía que ya no estaba sola. El aire estaba frío, pesado, cargado con ese olor a incienso antiguo que ya reconocía demasiado bien.
Kael estaba sentado en el borde de la cama, mirándola en silencio. Sus ojos dorados brillaban en la oscuridad de la habitación.
—Anoche gritaste mi nombre nueve veces —dijo con voz baja y satisfecha—. Lo conté.
Valeria se tapó el cuerpo con la sábana, aunque sabía que era inútil. Él ya la había visto toda.
—Quiero que te vaya