Valeria llegó a la biblioteca con la blusa abotonada hasta el cuello para esconder las marcas plateadas. Le temblaban las manos al abrir la puerta.
Doña Rosa estaba esperándola en el mostrador. En cuanto la vio, la anciana palideció.
—Dios santo… lo hiciste —susurró—. Lo dijiste tres veces.
Valeria no contestó. Solo se quitó el pañuelo y dejó que Rosa viera las líneas plateadas que ahora bajaban desde su mejilla hasta perderse bajo su ropa.
La anciana se santiguó.
—Estás perdida, niña. Ya no ha