Doña Rosa abrió los ojos con dificultad. El sótano estaba en completo silencio. Solo se escuchaba su propia respiración entrecortada y el leve sonido de la lluvia que empezaba a caer afuera.
Intentó levantarse, pero el dolor en la espalda la hizo gemir. Se arrastró hasta apoyarse en una estantería y miró a su alrededor.
El piso de madera estaba marcado con un círculo perfecto de ceniza plateada. En el centro, donde Valeria había estado arrodillada, no quedaba nada. Ni ropa, ni cuerpo, ni siquie