Mateo se quedó sentado en el suelo del sótano mucho tiempo después de que la luz plateada desapareciera. El silencio era absoluto. Ni siquiera se escuchaba el viento afuera.
Doña Rosa se levantó con dificultad y le ofreció una mano.
—Vamos, hijo. Ya está hecho.
Mateo tomó su mano y se puso de pie. Sus piernas temblaban ligeramente. No era por debilidad física. Era por la sensación de vacío que dejaba el haber soltado por completo el último hilo que lo unía a Valeria.
Subieron las escaleras e