Mateo no podía dormir.
Aunque el ritual había sido un éxito y la semilla de Kael había sido destruida en el plano astral, una sensación incómoda seguía instalada en su pecho. No era miedo exactamente. Era una inquietud profunda, como si algo hubiera quedado incompleto.
Se levantó de la cama con cuidado para no despertar a Johanna y salió al patio trasero. La noche estaba fría. Se sentó en la mecedora y miró hacia el bosque oscuro que rodeaba la casa.
De pronto, lo sintió otra vez.
No era Kael.