Por la mañana, Marcos llevó a Eva a la clínica. Tenía un aire hosco y pensativo, pero aun así, cuando ella intentó bajar del coche primero, la detuvo, salió él mismo y le abrió la puerta.
Eva dio un paso y quedó atrapada en su abrazo. Marcos la rodeó con los brazos, la apretó un instante y, como de costumbre, hundió el rostro en su coronilla. Ella no pudo evitar abrazarlo también, y fue como si el mundo a su alrededor desapareciera; Eva incluso dejó de respirar.
De pronto ya no existían ni la c