Eva oía las voces como si vinieran de debajo del agua. Eran voces masculinas: una, ronca y apagada, pertenecía a Marcos; la otra, grave y enfadada, le resultaba desconocida. Venían de la habitación contigua, por las paredes parecía un despacho médico. Eva estaba tumbada en una camilla, cubierta con una manta de cuadros.
—¡Dieciocho años! —expulsó el aire silbando el desconocido—. ¿En qué estabas pensando, sinvergüenza? No contestes, ya sé con qué. Pero, joder, Marcos, ¡ayer mismo iba al institu