Tenía un sueño atroz —ese era ya el estado habitual de Marcos desde que había cargado sobre sí las funciones de director general—, pero no lograba dormirse. La conversación con Eva no se le iba de la cabeza y, aunque en apariencia habían llegado a algún acuerdo —Eva había aceptado que él le alquilara un piso y siguiera participando en su vida—, a Marcos no lo abandonaba la sensación de algo inevitable.
La sensación de que aquella era una decisión equivocada y de que le costaría… caro. Muy caro.