El eco de las últimas palabras del hombre aún flotaba en la atmósfera cargada de tensión. El silencio en la sala de interrogatorios era espeso, como si los muros mismos se resistieran a asimilar lo que acababan de oír. José Manuel se quedó inmóvil, la mandíbula apretada, los ojos oscuros fijos en el suelo como si intentara contener la furia que lo atravesaba de forma irrefrenable.
—Samantha... —murmuró con una mezcla de rabia y desconcierto, apretando los puños con fuerza—. Ella fue quien movió