La atmósfera estaba cargada. El aire se sentía denso, y aunque el sol ya se ocultaba tras las montañas, dentro de aquella sala, la oscuridad no provenía de la falta de luz, sino de las verdades que estaban a punto de salir a flote.
El hombre estaba cubierto de sudor, la camisa desgarrada, los labios partidos por los golpes y los ojos enrojecidos de tanto mirar la puerta por donde segundos antes se habían llevado a su hija. Sus manos temblaban, no por el dolor físico, sino por la impotencia, por