La sala donde los tenían retenidos no era otra cosa que un refugio de sombras y silencios. Las paredes eran de concreto grisáceo, sin una sola ventana que permitiera adivinar si afuera era de día o de noche. Un zumbido eléctrico persistente se colaba desde una lámpara halógena que colgaba del techo, iluminando con luz blanca y fría solo el centro de la habitación. Allí estaba él: el hombre de mediana edad, encadenado a una silla de acero oxidado. Su rostro, normalmente endurecido por la vida y