La sala donde lo tenían detenido era amplia, pero lúgubre. Las paredes de concreto descascarado estaban manchadas de humedad y sangre seca, y el leve zumbido de una lámpara vieja oscilando desde el techo daba una atmósfera aún más densa al lugar. El aire olía a encierro, a desesperación contenida y a miedo disimulado.
José Manuel permanecía de pie con los brazos cruzados, mirando fijamente al hombre que yacía frente a él, esposado a una silla de hierro oxidado. Tenía los labios partidos, el ros